Alianzas de cristal

La opinión pública, en su mayoría, celebra la concreción de una alianza política en época electoral. Estas (dicen) evitan la proliferación de candidatos y consecuentemente la segmentación del voto. También brindan mayores oportunidades de victoria a las fuerzas emergentes y fortalecen a los partidos y movimientos nacionales en los sitios donde su presencia es menor.


En teoría, las coaliciones políticas se establecen con base en principios, ideas o modelos de Gobierno afines entre las partes. Sin embargo, en la práctica, son pactos que se firman y se rompen de acuerdo a la coyuntura y las agendas políticas particulares.


Lejos de sumar fuerzas entre los partidos y caminar en torno a un plan programático sostenible, las alianzas han sido declaratorias de no agresión que duran lo mismo que un chasquido pues -cuando arranca la campaña electoral- el fuego de todos lados es a discreción.


Las alianzas también han sido una cadena de fuerza para los candidatos independientes y sin un movimiento o un partido político propio. El auspicio de la candidatura en el primer lugar de la lista suele tener un costo muy alto; la pérdida de la capacidad para decidir libre e independientemente.




Una vez que se posiciona en el cargo de elección popular, es el partido o el caudillo con mayor fuerza de la alianza, el que decide qué decir y cómo actuar en la esfera pública, en lugar de sus representados: la gente.


De igual forma, la alianza suele ser asumida por los líderes de los partidos como si se tratara de una transacción. Ofrecen cargos públicos a cambio de apoyo electoral. Los aspirantes a la Presidencia reparten ministerios u otras dependencias estratégicas mucho antes de ganar, para evitar que una figura que puede robarle votos entre a la lid electoral.


¿En qué medida, entonces, estas alianzas efectivamente ayudan a fortalecer la democracia, la representatividad y la toma de decisiones? Las declaraciones públicas de acuerdos políticos no bastan ni alcanzan.


Antes de aplaudir, es fundamental exigir transparencia a los partidos y movimientos políticos. Los ciudadanos debemos saber con claridad cuáles son los puntos programáticos que sostienen las alianzas, las propuestas que defienden, los límites, sus posiciones frente a temas de interés común, el modelo de Gobierno, entre otros. De lo contrario, lo único que haremos es prestarnos para el juego de quienes ven en las alianzas una estrategia electoral más para ganar.


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