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El correísmo se convirtió en la partidocracia que juró combatir

La ‘traición’ es al correísmo lo que la corrupción al Estado. Por eso, no sorprende que tres asambleístas se hayan separado de sus filas en el actual periodo y que, probablemente, otros elijan el mismo destino.


El punto de inflexión tiene nombre y apellido: Lenin Moreno. Él, ungido como sucesor del expresidente Rafael Correa, cambió el guion tan pronto como asumió el poder en 2017. Tras una década de control político provocó el declive del movimiento que en otrora fue el más poderoso del país.


Moreno fue quien confrontó a Correa y, sobre todo, le quitó el apoyo al entonces vicepresidente Jorge Glas, para que pueda ser juzgado tanto política como penalmente en los tribunales.


Entonces, Glas ya fue motivo de división interna. En un costado se ubicó Alianza País y en el otro la Revolución Ciudadana. Al igual que ahora, hubo voces que cuestionaron a los corruptos y terminaron alejándose, otros que miraron hacia otro lado o fueron cómplices y siguieron en linea dura, así como también los que se adhirieron a Lenin Moreno por conveniencia, pues tenía el poder que solo el Ejecutivo da.


Hoy ocurre lo mismo con Daniel Noboa. Las filiaciones de los legisladores tildados de ‘traidores’ están mediadas por los intereses cortoplacistas. Saben que se vienen elecciones generales y hacen sus apuestas para estar en los partidos que creen que pueden tener más favor popular.


El correísmo, evidentemente, no es uno de estos. Viene de perder dos elecciones presidenciales y las evidencias ventiladas en la justicia con los casos Metástasis, Purga y Plaga ratifican lo que antes eran secretos de corredores.


Fuente: Tomado del Archivo de la Presidencia del Ecuador, 2017.


Sin embargo, también hay otro factor que explica el rumbo que ha tomado el movimiento hacia el despeñadero: Rafael Correa. Él, al ejercer un liderazgo omnipotente, de esos que eclipsan a todos a su alrededor, que anula, que castiga, que infunde miedo, ha provocado resistencia incluso entre sus militantes.


Él es la mayor piedra de tope en la necesaria renovación para la supervivencia de la Revolución Ciudadana. Nadie, que no sea Correa, puede brillar ni tomar decisiones por sí mismo, porque el correísmo hace rato dejó de ser un movimiento y se convirtió en una hacienda. Se volvió eso que juró destruir. Aquellos que en su momento confrontaron la partidocracia son hoy parte de esta y replican sus peores prácticas.


En este ambiente, coexisten los/as fans que dicen y hacen todo lo que el caudillo ordena, la nueva generación impetuosa y ambiciosa, que añora con volver a tener el poder pasado para controlarlo todo y satisfacer su ambición.


También los denominados ideólogos históricos. Gente razonable, preparada, con experiencia -algunos en cargos públicos en los gobiernos autónomos descentralizados- que cada vez están con justa razón más despechados del proceso y que abogan por una reorientación del movimiento, un paso a nuevo liderazgos, un resurgir por el camino correcto, sin las sombras de lo que representan Lenin o Rafael.


Ellos, no obstante, son minoría. El grueso del movimiento está representado en esos cuadros hilarantes que se ha profesionalizado en el arte de incidentar y ser todo menos eso que inspiró, en su momento, la creación de Alianza País: una verdadera Revolución Ciudadana.


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