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El desencanto por la política será usado electoralmente

La cantidad de personas que anularon su voto o lo dejaron en blanco en las últimas elecciones seccionales del Ecuador (febrero de 2023) fue alta. Figuran más de 2,3 millones, en las provincias donde se eligieron prefecto/a. Representaron el 21.31% del total de ciudadanos habilitados para votar.


En Azuay, Pichincha y Cotopaxi ocuparon incluso el primer lugar de preferencias, pues superaron a los votos válidos que se consignaron a los candidatos. Las provincias de Esmeraldas, Imbabura, Loja, Manabí, Chimborazo y El Oro se ubicaron en el segundo lugar de votos blancos y nulos; mientras en Cañar, Carchi, Los Ríos, Morona Santiago, Tungurahua, Zamora Chinchipe, Santo Domingo, Santa Elena y Guayas, en el tercero.


La cifra transparenta una realidad: la pérdida de fe ciudadana en la política formal, representada en los partidos, los líderes de las organizaciones, las autoridades en funciones.


























El desencanto, que seguramente será mayor por los yerros de la Asamblea Nacional y el Gobierno, será determinante en las elecciones que se avecinan para elegir al nuevo presidente, vicepresidente y representantes para el poder legislativo.


Esto beneficiará a las organizaciones políticas que tienen más voto duro, como el correísmo que arranca la campaña electoral con un porcentaje que bordea el 25%.


Mientras menos personas voten o anulen su voto, más peso tendrá ese voto cautivo. Por eso, uno de los objetivos estratégicos de las organizaciones políticas no será convencer a la población para que los apoyen sino por el contrario, tratarán de alentar la desconfianza, la decepción, la frustración, los problemas no resueltos y la bronca del electorado, para que se acerquen a las urnas a cumplir con el requisito de presentarse, pero que no consignen su voto.


Será más fácil desalentar votantes, que convencer a las personas para decantarse por una u otra opción política. Sobre todo, en estos comicios, que serán los más cortos de la historia.


El fenómeno será muy poco saludable para la democracia. Los candidatos ganarán utilizando la desilusión social como plataforma electoral, cumpliendo los requisitos en cuanto al número necesario de votos, pero con poca legitimidad.


Los sufragrantes estarán convencidos de que expresarán su descontento al sistema político anulando o dejando en blanco el voto, cuando en realidad terminarán haciéndole el juego a los partidos hegemónicos.


Alentemos a que el sentimiento de desazón política no nos condene a ser útiles, en lugar de insurrectos.


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