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El embarazoso Noboa

Actualizado: 24 jun

Una de las máximas en la comunicación política, a la hora de definir la estrategia de un candidato o una autoridad en el ejercicio del poder, es identificar claramente sus ‘súper poderes’.


Así, se establece desde el principio a qué se debe dar foco. Si es alguien elocuente y profundo, por ejemplo, será muy rentable alentar su presencia en foros, charlas, en- trevistas y reuniones cara a cara.


Si es un líder carismático, el contacto permanente con la gente le va a ir de perlas. Cuando alguien es ejecutor y tiene experiencia, se deja que sus resultados hablen por él.


Sin embargo, ¿qué pasa cuando no tienen súper poderes visibles? O, peor aún, cuando representa un verdadero riesgo para él mismo cada vez que abre la boca o interactúa con otros.


Los equipos, especialmente que vienen de las corrientes del marketing y la publicidad, suelen esconderlos de la gente, de los periodistas, de otros políticos. Miden cada paso, cada espacio. No dejan que haga algo que no se haya planificado con detalle. Montan un teatro en el que el protagonista se produce bajo demanda, conveniente con el momento y la audiencia.


Suele funcionar en las campañas electorales. Son tiempos cortos, la atención está dispersa entre muchos candidatos, la gente no espera resultados y el ambiente es propicio para posicionar imágenes de ‘superhéroes’.


En el ejercicio del poder, empero, es como el embarazo. Tarde o temprano, va a ser evidente las carencias y dificultades. Desde las más básicas como expresarse de forma efectiva, hasta ser un gestor que demuestre que sabe cómo gobernar.


Para el presidente Daniel Noboa, el tiempo le llegó. Lo embarazoso se puso al descubierto luego de la publicación del reportaje que escribió el reconocido periodista estadounidense Jon Lee Anderson en The New Yorker.


Ahí, se describe al Primer Mandatario más allá de los videos de TikTok y la parafernalia de los eventos a los que asiste. Anderson se encontró con un joven que no domina el arte de la discreción, que se refiere a sus homólogos de forma despectiva, que es petulante.

Varios de sus colaboradores creen, incluso, que está en el espectro del autismo, tal como lo refiere Lee Anderson.


En honor a la verdad, el país ya había sido testigo de estos rasgos, desde que inició el mandato, en noviembre de 2023, cuando advirtió públicamente a sus de- tractores que no les conviene tenerlo de enemigo.


En el caso Olón, que usó la fuerza pública para contener a los comuneros que clamaban por el cese de trabajos del proyecto inmobiliario de la empresa de su esposa, Lavinia Valbonesi, cuyos permisos fueron dados por la ministra del Ambiente, Sade

Fritschi.


Cuando metieron la mano en los medios públicos para presionar por una línea ofi- cialista. La censura al programa Irreverentes, el asalto a la Embajada de México, la arremetida contra la vicepresidenta que él mismo eligió, el quemeimportismo frente a las deudas de salud con las dializadoras, las clínicas y los hospitales privados, los proveedores que están impagos desde 2023... la lista sigue.


En su momento, la guerra interna puso al presidente Noboa en una posición particular que lo blindó de la crítica.


Era políticamente incorrecto cuestionar a quien estaba enfrentando a las mafias. Sin embargo, el trabajo del cronista estadounidense Jon Lee Anderson trae a colación lo fundamental que resulta poner límites al autoritarismo a tiempo y sin concesiones, para prevenir que se disipe y engulla la frágil democracia.


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