¿Por qué las ‘fake news’ gustan a la gente?

En estricto sentido, no existen las noticias falsas (fake news). La naturaleza de una noticia, desde el ejercicio periodístico, es su condición de veracidad. Por tanto, las mentiras que circulan en redes sociales no son más que eso; simples falsedades repetidas de forma sistemática para que parezcan ciertas.


Concederles la categoría de un género informativo solo refuerza la idea errónea de que encarnan algo de realidad. Eso puede ser muy peligroso, sobre todo en momentos como los que atraviesa el Ecuador.


Estamos a pocos días de las elecciones generales donde se conocerá quién ocupará la Presidencia y la Vicepresidencia de la República. Los equipos de campaña buscan de forma desesperada restar votos a sus oponentes, pero las campañas sucias lo único que hacen es alentar un ambiente de polarización, la exaltación del odio y la discriminación.


Si bien, los/as asesores deben responder por este tipo de prácticas antiéticas, la ciudadanía también tiene un nivel de responsabilidad. En la era de la posverdad, a buena parte de la audiencia le interesa poco que algo sea mentira o verdad.


Si ratifica la posición sobre un determinado tema -en este caso una preferencia electoral- se lo difunde en los círculos cercanos, aunque se esté plenamente consciente de que puede ser una mentira.


Poco importa, entonces, que se haya utilizado electoralmente la desgracia de los migrantes venezolanos que se encuentran en el país. O que se haga burla de una condición de discapacidad física al emplear como símbolo de ataque político una silla de ruedas.



Lo que se impone, antes que la verdad, es la necesidad de reafirmar la opción electoral, las creencias, los prejuicios o los antivalores de cada persona. Eso no es saludable para la democracia, para el sistema de elecciones ni mucho menos para el futuro del país.


Las mentiras circularán cada vez con más frecuencia, mejor argumento y formatos disruptivos. Es un fenómeno inminente. Por eso la indignación de un sector, y los pedidos públicos a los equipos de campaña para que paren los ataques, terminan siendo infructuosos.


Quizá es mejor reorientar los esfuerzos para que sea la ciudadanía la que, frente a las falsedades, entienda el valor de verificar, contrastar, contextualizar cada publicación y reconocer en el otro el legítimo derecho que tiene de pensar diferente sin que eso signifique que sea algo malo. (O)


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