Tiempos de delirio político

Publicado originalmente el 13 de mayo de 2019



El Rey Luis XIV gobernó Francia durante 72 años. El poder se convirtió en su mayor obsesión. Perderlo, en cambio, en su mayor angustia. Lo llevó hasta el abismo de la paranoia. Se creía perseguido, acechado, blanco de permanentes conspiraciones. Incluso por parte de sus colaboradores a quienes tildó, de forma recurrente, como traidores.


El poder lo encandiló. Lo privó de la claridad suficiente para tomar decisiones acertadas. Lo que le sucedió a Luis XIV pasa en la actualidad, con una camada de políticos a la que el poder les llegó como un regalo y les sonríe de forma momentánea.


Ante la incapacidad de autocrítica para gestionar las divergencias, los escenarios adversos y los errores propios, es cómodo y conveniente atribuir los desaciertos a otros e imponer las decisiones, como si en verdad así se pudiera deconstruir la realidad. Error.


El poder es efímero y hay decisiones que no prescriben. Que pueden convertirse en una sombra y comprometer el futuro de cualquier político. Evitarlo implica, en primera instancia, alejarse de ese estado de paranoia política, que no evidencia otra cosa que la incapacidad para gobernar.


Pero también se vuelve imperioso romper ese cerco de zumbidos de aduladores bajo contrato que envuelven a los políticos y hacen que se pierda el foco de lo que realmente ocurre a su alrededor. Gente cuyo mayor o único mérito es un manto de confianza que muchas veces se confunde con complicidad, con silencio, con encubrimiento.


En contraste, salir de ese estado de delirio político implica tener cerca a colaboradores incómodos. Que se indignan, que alertan, que cuestionan, que dicen lo que nadie quiere escuchar. Que son frontales, que ven más allá de un salario, un puesto, o el efímero poder que puede sonreírle.

Más aún en tiempos en que las redes sociales y las nuevas tecnologías de la comunicación pueden usarse para construir otras realidades, sacar de contexto hechos o forjar historias a la medida de los intereses y agendas de los "traidores" o aduladores. También para ser un caldo de cultivo de la paranoia política. Algo con lo que el Rey Luis XIV no tuvo que lidiar. 

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