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La corrupción se hizo parte de la cultura

El poder, que es un instrumento para la corrupción, es como el mar. Estremece a la vista. Fascina, seduce, magnetiza cuando se lo ve por primera vez. Hace que, al simple tacto, sientan que los problemas se esfuman. Que todo lo pueden. Con una llamada, con una orden, con un favor. Se convencen de que es posible dominarlo. 


Caminan, entonces, poco a poco al fondo del océano descalzos. Sienten primero el agua debajo de la rodilla. Las primeras insinuaciones de coima. Todo bajo control.  Siguen. Unos metros más, hasta que el agua llega al cuello. El límite de los actos legales. 


La adrenalina se activa. Esa droga, la ambición, el deseo. Otros metros más al fondo y ¡splash! Las advertencias no tienen cabida. El mar los arrastra. Los hunde. Su poder los atrapa. Terminan ahogados, muertos o presos. 


La escena se repite, una y otra vez, en distintos contextos, gobiernos, con diferentes rostros. El de Mayra Salazar, el vórtice de los tornados llamados Purga y Metástasis, quizá es ahora el más icónico. La información que entregó a la Fiscalía evidenció la relación entre el crimen organizado, el sistema de justicia ecuatoriano y un puñado de actores políticos. 


Mayra Salazar, antes de la audiencia del 29 de marzo de 2024


Ella, en su declaración pública, narró cómo se involucró, de forma paulatina, en una red criminal, hasta que el mar la superó. Una historia que podría ser la de cualquiera. Comenzó como una funcionaria más. Como muchos profesionales con ingenio que ingresan al sector público, logran conexiones, influencia y que pudiendo prestar su capacidad para servir a los demás, prefieren el desvío fácil, la ruta más corta, el vertiginoso ascenso. La corrupción.


Da igual el cargo. Si es la persona que recibe dinero por alertar a los proveedores de un concurso antes de que se publique en el portal de compras públicas. Si es el de una bodega, que altera los documentos para ocultar un robo, el que hace los términos de referencia a la medida del proveedor que quiere que gane o si es una autoridad que entrega a dedo un contrato a cambio de una comisión, aprovechándose de su cargo.


Todos creen que pueden dominar el mar. El poder los hace sentir intocables. Se dicen, así mismo: ‘Es mi momento para salir de la pobreza’. ‘Hay que aprovechar, las oportunidades solo se dan una vez en la vida’. ‘No es mi plata’ ‘Si tú no lo haces, otros lo harán por tí’. Se normaliza la corrupción.


Omar Rincón, en su ensayo Todos Llevamos Un Narco Adentro, reflexiona sobre el por qué estas prácticas, antivalores y costumbres han terminando imponiéndose en sociedades como la nuestra. Una de las explicaciones está en cómo se ha ido construyendo culturalmente la identidad y la idea de progreso. 


En una sociedad del capital, el éxito es sinónimo de riqueza, plata, dólares que no basta con acumular, sino que es necesario ostentar para alcanzar la felicidad.


Para obtener riqueza no importa lo que se tenga que hacer, con quién se deba involucrar, que tan al fondo del mar haya que caminar. Se quiere plata, pero sin tener que trabajar demasiado, resultados, sin seguir procesos, saber, sin leer, reconocimiento social, sin importar cuántos carros, joyas o casas cueste.


Este problema, como imaginarán, no se resuelve ni enfrenta con decretos de estado de excepción, tampoco con consultas populares, el incremento de impuestos ni mucho menos con la publicidad exacerbada de las acciones de la fuerza pública. 


Va mucho más allá. Implica un cambio cultural; una forma diferente de pensar, de percibir la realidad, de entender la vida, la idea de felicidad. Es un asunto de valores, de hábitos, de costumbres, de identidad. No es solamente una responsabilidad del Gobierno. Es un esfuerzo compartido. Comienza en cada uno y trasciende.


La recuperación de los valores es, a la metáfora del mar, lo que un salvavidas pudiera ser para quienes entran al océano pensando que podrán salir en cualquier momento a la orilla y terminan como Salazar: ahogadas, arrepentidas, con el peso de la culpa y con la vida hecho añicos. 


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